Entrevista Nota

-NOTA- Tabú: El sueño americano de Pablo Alborán, desde dentro: «Quiero que me descubran, aunque sea para olvidarme»

En su primera noche en Los Ángeles, soñó que había una manifestación en la calle y que entraba en un restaurante. Entonces se encontró con una publicista y se dijo, «Ah, ya sé por qué estoy aquí, iba a reunirme con ella». La saludó, pero ella respondió: «Perdona, he quedado con otro artista». Él insistió: «Que no, que has quedado conmigo. Soy Pablo. ¡Pablo Alborán!». Pero ella insistió en que estaba con otro músico que tenía unas canciones muy buenas. «Que no coño, que esas canciones son mías, que has quedado conmigo». Y de pronto desde la manifestación tiraron una piedra que rompió la cristalera del restaurante. Cuando despertó, Pablo Alborán volvía a ser el músico español de más éxito en la última década, pero tardó un instante en recordar qué hacía bajo el edredón blanco del Hotel Mondrian, nueve plantas sobre Sunset Boulevard, con las luces lejanas de la gran ciudad enmarcando su ventana.

Con las dudas y la incertidumbre borboteando en el subconsciente como un alka-seltzer comenzaba un viaje de tres días a la ciudad de los sueños que es el primer intento serio del guitarrista, pianista y cantante de darse a conocer en el mercado anglosajón. Estrella de la canción melódica en España y en varios países como Portugal, Chile, Argentina y México, es tan poco conocido en EEUU que en la sede central de Warner Records, su compañía discográfica, casi ninguno de los empleados sabe nada de él. A uno le recuerda a Luis Miguel. A otra, a Alejandro Sanz. «¿Y de verdad es tan popular?», insisten en preguntar.

El que le conoce bien es el más importante de todos los trabajadores de Warner, su presidente, Tom Corson, que se deshace en elogios hacia Alborán, que repasa sus logros de memoria (Alborán es el músico español más exitoso de la década con más de 1,7 millones de discos vendidos, 1.350 millones de escuchas en Spotify y 2.580 millones de visualizaciones en YouTube) y que no tiene dudas sobre el potencial en EEUU de su nueva canción, Tabú, que sale mañana.

«El objetivo de esta canción y de venir hasta aquí es abrir mercados, llegar a sitios donde antes no he estado, que gente nueva me descubra, aunque sea para olvidarme en la siguiente canción, pero que sepan lo que hago al menos», dice Alborán. «Esto no es el principio ni el final de nada. Yo llevo 10 años, algunas cosas han funcionado y otras no, a veces me deprimía más y otras menos…». Divaga, recuerda el día que preparando este viaje promocional y estratégico se puso tan nervioso en una cena que al final se sentó en la acera. «Y me iba por la patilla, pero era muy feliz de ver a mi equipo tan ilusionado, y lo que menos soporto es que me doren la píldora, que me vendan la moto, pero ellos creen que es posible de verdad que suene en EEUU», continúa, hablando sin parar.

«Lo importante cuando sacas una canción diferente es que ocurran cosas diferentes, buenas o malas», añade. Y Tabú es diferente. Ritmo sincopado latino, producción electrónica urbana al gusto de las tendencias actuales y una invitación al baile, una incursión en terrenos modernos para este Pablo Alborán que ha pasado una década pareciéndose un montón a Pablo Alborán, un artista de corte clásico que ha desarrollado su carrera con el ritmo tradicional de álbum-gira.

Más importante que todo ello, Tabú es un dúo con una pujante estrella de Warner para el público adolescente, Ava Max, que canta su parte en inglés. Entre una Lady Gaga millennial y una Billie Eilish que besuqueara a chicos buenorros y mostrara el escote en sus vídeos, esta cantante de aspecto siniestro celebra la excentricidad y la marginalidad en sus singles. ¿Qué hace la hija de unos emigrantes albaneses de Wisconsin en una canción de Pablo Alborán?, se han preguntado muchos fans del malagueño. Abrir mercados, amigos míos.

Día 2. Tras cuatro o cinco atascos, el coche de Uber aparca en la puerta de la recién inaugurada oficina central de Warner, situada en uno de esos barrios de Los Ángeles que parecen sobrevivir a duras penas a un cataclismo. Por dentro, el edificio es una chulada con suelos de hormigón pulido. Pablo, que supervisa cada detalle de su carrera «de una manera obsesiva» desde que tuvo una mala experiencia con su descubridor y primer mánager, tiene una reunión en la que muestra varias canciones nuevas. «Lo que más me gusta es que estás probando cosas nuevas», le dice Brenda Palacios, supervisora de A&R, el departamento responsable de la parte artística en la discográfica. «Lo que necesita la prensa de EEUU es ver que eres también una persona tan espontánea».

Por la tarde ensaya con Ava Max en un local mejor dotado que la mayoría de estudios de grabación que hay en España. «En la media hora que hemos estado ahí podríamos haber hecho un disco», exclama Alborán, encantado con la sesión, que ha ido bastante natural, nada que ver con aquel ensayo que hizo con Demi Lovato en 2011 cuando el equipo de ella coreografió hasta el último gesto que iban a hacer ambos en una actuación en los Grammy Latinos.

«Ava Max es igual que yo, tiene también el cable un poco pelado», dice riendo. «Está un poco loca también. Yo es que soy muy payaso». ¿Cuánto? «El otro día por ejemplo fui a una boda en un patinete de Cabify con mi amiga María porque no llegábamos a tiempo. Le dije ‘Mira, a tomar por culo’, teníamos que atravesar la Gran Vía, que había una manifestación además, y ella decía, ‘Pero Pablo, qué hago con los tacones’. ‘No te preocupes, mira, pones un pie aquí y el otro así suelto’, y haciendo equilibrio llegamos genial. Vale que la gente nos miraba, que nos paró hasta Manel Fuentes, que pasaba por allí… O sea que un poquito loco sí que estoy».

Antes de cenar se escapa a ver el atardecer sobre el Pacífico con el núcleo duro de su equipo, que le acompaña a todas partes, «y como gilipollas acabamos abrazándonos todos después», porque Pablo es de mucho abrazo, cada vez que te ve, con esos brazacos de cantautor cachas que se ha puesto. Y también de llorar, que por la noche en la cama «pensaba en que estaba en Los Ángeles y en la oportunidad que supone esto y es que yo lloro mucho de emoción, lloro más de emoción que de pena».

En la cena habla de su próximo álbum, que va a coproducir por primera vez y que está previsto de manera muy provisional que se publique en noviembre de 2020, «un disco bastante fresco, muy suelto, porque quiero que tenga cosas muy diferentes, algunas más reconocibles en mi música pero también alguna que otra ida de pinza», dice, y avisa: «Estoy con ganas de divertirme y de sorprender, sin importar tampoco mucho la respuesta. Además, es un buen momento para experimentar, por ejemplo para mezclar sonidos orgánicos con la electrónica, que me mola mucho».

Los que han encontrado en su música lo que Albert Rivera en el olor del perro Lucas, ese grado superlativo de lo adorable, no dejarán de encontrar sus baladas mulliditas, pero tendrán que aprender a aceptar que el chico quiere mambo. ¿Incluso, quizá, reguetón? «Quiero probar ritmos latinoamericanos, pero no forzosamente reguetón», aclara, para probable alivio de su fandom. Y entre Tabú y ese futuro quinto disco es probable que salgan nuevas canciones, todo dependerá de cómo funcione este single que no va a apoyar con actuaciones salvo un par de excepciones.

Porque este estudiante frustrado de Filosofía, sin tatuajes, sin piercings, sin apenas vello corporal y con el mismo peinado desde que debutó, canta más que nada sobre las relaciones entre las personas y sobre «reconectar» con las emociones, «aunque algunos me critiquen diciendo que es sólo amor, amor y más amor», y esa sensibilidad no la quiere perder. «Es lo que me gusta y lo que creo que es necesario, pero sin caer en la banalidad, que intento evitar por todos los medios». Es decir, no hacer letras que parezcan libretas de Mr. Wonderful. «Total, total, es que caer en eso es súper fácil y que la gente te diga, ‘oye, que el amor es mucha más que que el cielo, las estrellas y la Luna’».

Si Warner ha decidido apostar ahora por Pablo Alborán a nivel mundial es porque la música latina no había alcanzado tanto éxito en todo el siglo como ahora. Fue en ese contexto en el que el autor de Solamente tú mostró hace unos meses varias composiciones nuevas a la discográfica y de pronto todo el mundo empezó a decirle: «esta canción tiene algo, joder». Presentó Tabú en París, Londres, Los Ángeles y Miami y se decidió a usarla como su pasaporte internacional. «Pero ha sido todo de una manera muy natural, no se hizo por interés», aclara, y quiere decir con ello que no es una canción de encargo pegada a las tendencias actuales (electrónica, fiestera, cosmopolita).

No retrasemos más hablar de Rosalía, que mira desde la portada de la revista W en los quioscos, que sonríe en la pantalla cuando enciendes la tele. Su caso es la demostración de que se puede lograr llegar al éxito global desde España, mal que pese a muchos: Rosalía es hoy la persona más envidiada entre los músicos de nuestro país, y Dios sabe cuánto son capaces de envidiar. Alborán sonríe. Él era fan de Rosalía antes de todo, como lo es de Izal, Vetusta Morla, Rozalén, Israel Fernández, Alejandro Sanz o Miguel Bosé. Incluso la invitó a actuar con él en Barcelona sólo una semana después de que saliera Malamente, el año pasado.

«Me da rabia lo que dicen de ella. Cuando algo funciona rápido y de manera tan explosiva hay gente que siente mucho rechazo y frustración, pero es que ella es brutal. La amo, simplemente, es una gran amiga, una mujer inteligente que sabe lo que quiere». Por eso ve el éxito de Rosalía como un ejemplo a seguir. «Su evolución me da mucha esperanza. No sólo por el hecho de que haya logrado petarlo en el mundo entero, sino porque además lo ha hecho con un estilo diferente. Ésa es la esperanza de cualquier artista».

Día 3. Desayuna una barrita energética que ha cogido del minibar mientras recorre Sunset Boulevard con el fotógrafo de EL MUNDO.

Tras un selfi en el escaparate de la tienda Hustler, que anuncia lencería fetichista con el oportuno rótulo de «Taboo», sale a Warner para hacer ocho entrevistas en inglés junto a Ava Max, quien intenta hablar lo menos posible y sólo para decir cosas bonitas de Alborán.

El coche está parado en medio de una autopista de siete carriles. «Mi hermano Salva es el mayor crítico de mi música», dice riendo. «Es un grandísimo hijo de pe», ríe más. ¿Pero en plan «esto es muy moñas»? «No, en plan ‘esto es una mierda’». Ríe. «La verdad es que me ha ayudado mucho en las cuestiones de criterio con respecto a la carrera artística. Es un tío estupendo que… Es que yo me dedico a la música gracias a él». Y de pronto, sus ojos se enrojecen, se empañan. «Me voy a emocionar, tío», exclama. Está al borde de llorar. Se queda en silencio unos segundos. Sonríe. Continúa. «Compartíamos la habitación cuando yo era chico, él tiene nueve años más que yo, y mi primer contacto con la música fue cuando él llegaba de borrachera y se sentaba a tocar la guitarra por la noche. Yo tendría seis o siete años, tocaba canciones de Vicente Amigo, Tomatito, Paco de Lucía, Cañizares, en fin, de flamenco clásico, y yo me quedaba dormido». Más adelante, Pablo le empezó a coger aquella guitarra. «Imagínate lo que fue cuando una canción mía sonó por primera vez en un altavoz, y luego en la radio…». Salva, licenciado en Arquitectura y Bellas Artes, ha formado parte del equipo de Alborán desde sus inicios como diseñador de carteles, portadas y anuncios.

Alborán es un hombre muy apegado a sus padres, a su otra hermana y a sus cuatro sobrinos. Ellos son los primeros en escuchar sus canciones, el primer filtro. «Somos un clan». Más allá de ese círculo familiar, ha mantenido su vida privada como un misterio. «Claro, es que vida privada sólo tengo una y es mía. Creo que es importante que sea así. Incluso algunos amigos míos no dicen que me conocen porque hay veces que la gente sólo se acerca a ellos, o a mi hermano, o me salen primos por todos los lados, porque soy famoso, ya ves tú».

Su mayor temor también tiene que ver con su familia. «A mí lo único que me da miedo es envejecer en soledad. El hermano de mi abuelo murió solo, tuvo un ictus y estaba muy mal, pero él rechazó la ayuda, quería morirse, que lo respeto, pero fue muy, muy trágico. Yo tenía 17 años y fue terrible, de hecho cuando me voy lejos y dejo a mis padres me da un poquito de pellizco».

Ocho entrevistas después, Alborán presenta por fin Tabú a toda la plantilla de su discográfica en un pequeño auditorio que hay en el edificio. La interpreta con Ava Max y toca otras dos canciones con guitarra y piano en las que se gusta con los melismas vocales y con sus requiebros melódicos, demostrando que es muy consciente de sus puntos fuertes.

Allí también se presenta el vídeo, en el que aparece La Mari de Chambao y que está dirigido por otro malagueño de éxito y viejo amigo, Santiago Salviche. «Desde hace años estaba deseando usar la idea de la boda gitana de Bodas de sangre y en Tabú queda perfecto, aunque luego se parezca a Piratas del Caribe», explica con humor este cotizado realizador, instalado en Los Ángeles desde hace 11 años. Ha rodado vídeos musicales de Enrique Iglesias, J. Balvin, Maluma, Marc Anthony, Ricky Martin y, sobre todo, Jennifer Lopez, de quien hizo el año pasado El anillo, que ya supera las 300 millones de visualizaciones en YouTube.

Un cuadro de seis flamencas modernitas y la reivindicación del arte jondo en la estética del vídeo con el que se intenta seducir al público anglosajón hacen pensar, de nuevo, en Rosalía. Selviche sonríe. «Ella ha ayudado a enseñar al mundo el arte que tenemos en España y además lo ha mostrado con una modernización, y eso lo tenemos en común», dice este director de moda que en 2020 estrenará una serie política en Netflix.

La mayoría de los empleados han vuelto a sus sitios, donde por cierto es casi imposible ver un solo disco encima de una mesa, y la sonrisa de Alborán ya ha saludado a todos los influencers, periodistas e invitados reunidos ante un piscolabis de fantasía.

Se cambia un momento en el camerino, coge la maleta y sale pitando vestido con un grueso chándal gris camino del aeropuerto para volver a España. Podría ocurrir que durante las 12 horas de vuelo soñara con volar, su sueño más habitual, que según las teorías del psicoanálisis es símbolo de deseos e impulsos de libertad e independencia, algo propio de personas abiertas al cambio, creativas e innovadoras. No hay nada que resuma mejor las intenciones de Pablo Alborán ahora mismo.

Sesiones de fotos > 2019 > El Mundo [Carlos García Pozo]

15728890784367.jpg 15728894250815.jpg 15728913507568.jpg 15728913595650.jpg 15728913870405.jpg

 

 

Fuente: El Mundo.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *